LIBRO LA METAMORFOSIS DE FRANZ KAFKA

El estilo despojado y la sencillez de la prosa no hacen más quy también subrayar la dificultad de este relato que, desde su publicación en mil novecientos quince ha sorate objeto dy también las interpretaciones más variadas. «Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó transformado en un monstruoso insecto». A esa primera frase, que despierta los temores del lector, ly también prosigue un planeta de pesadilla («kafkiano»), dondy también lo cotidiano sy también vuelvy también dudoso y opresivo. Franz Kafka (1883-1924), uno dy también los grandes autores dy también la literatura del siglo XX, ha plasmado en sus novelas la pesadilla cotidiana del ser humano contemporáneo.

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Película sobry también el libro:

Título: La metamorfosis

Dirección: Valeri Fokin

Fragmento:


Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó transformado en un monstruoso insecto. Estaba dy también espaldas sobry también un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientry también convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que prácticamente no se aguantaba la colcha, quy también estaba a punto de escurrirsy también hasta el suelo. Numerosas patas, penosapsique delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, sy también agitaban sin concierto.

—¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de telas —Samsa era viajanty también dy también comercio—, y dy también la pared colgaba una figura recientepsique recortada de una gaceta ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer con un gorro de piel, envuelta en una estola asimismo dy también piel, y que, muy erguida, esgrimía un extenso manguito, asimismo dy también piel, que ocultaba todo su antebrazo.

Gregorio miró cara la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas dy también lluvia, lo que le hizo sentir una enorme melancolía.

«Bueno —pensó—; ¿y si siguiesy también durmiendo un rato y me olvidasy también de todas estas locuras?» pero no era posible, puesto que Gregorio tenía la costumbre de dormir sobry también el lado derecho, y su actual estado no ly también dejaba adoptar esa postura. Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Procuró en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener quy también ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta el momento en que notó en el costado un dolor levy también y punzante, un dfragancia jamás sentido hasta entonces.

—¡Qué cansadora es la profesión que hy también elegido! —se dijo—. Siempre dy también viaje. Las preocupaciones son mucho mayores en el momento en que se trabaja fuera, por no hablar dy también las molestias propias de los viajes: estar pendienty también de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones quy también cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡Al diablo con todo!

Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, sy también estiró sobry también la espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar mejor la cabeza. Vio que el lugar quy también ly también picaba estaba cubierto dy también extraños puntitos blancos. Procuró rascarsy también con una pata; pero debió retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

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—Estoy atontado dy también tanto madrugar —sy también dijo—. No duermo lo suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. En el momento en que a media mañana regreso a la pensión para anotar los pedidos, my también los encuentro desayunando cómodamente sentados. Si yo, con el jefy también que tengo, hiciese lo mismo, my también despedirían en el acto. Lo cual, probablemente, sería lo mejor que my también podría pasar. Si no fuese por mis padres, ya hacy también tiempo que my también hubiese marchado. Hubiese ido a ver al directivo y le habría dicho todo lo que pienso. Sy también caería de la mesa, esa sobre la quy también se sienta para, desdy también aquella altura, charlar a los empleados que, como es sordo, han dy también acercársele mucho. Mas todavía no hy también perdloco la esperanza. En cuanto haya reunloco la al gusto necesaria para pagarle la deuda de mis progenitores —unos cinco o seis años todavía—, me va a oír. Bueno; pero, por ahora, lo quy también tengo que hacer es levantarme, quy también el tren saly también a las cinco.

Volvió los ojos cara el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.

—¡Dios mío! —exclamó para sí.

Eran más de las seis y media, y las agujas seguían avanzando tranquilamente. En realidad, ya eran prácticamente las siete menos cuarto. ¿Es quy también no había sonado el despertador? Desdy también la cama se veía que estaba puesto a las cuatro; por lo tanto, tenía quy también haber sonado. Mas ¿era posible seguir durmiendo pese a aquel sonorate que hacía estremecer hasta los muebles? Su sueño no había sdesquiciado tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber dormorate al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren siguienty también salía a las siete; para tomarlo tendría que darsy también muchísima prisa. El muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunquy también alcanzase el tren, no evitaría la reprimenda del amo, por el hecho de que el mozo del almacén, que había acudido al tren a las cinco, debía dy también haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin dignidad ni consideración. Y si dijese quy también estaba enfermo, ¿qué pasaría? pero esto, aparte de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años quy también llevaba empleado, no había estado jamás enfermo. Vendría el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en reproches, delante de los padres, respecto a la vagancia de Gregorio, y refutaría cualquier objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están siempry también sanos y solo padecen de horror al trabajo. Y la verdad es que, en esty también caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta somnolencia, fuera de lugar tras tan prolongado sueño, Gregorio sy también sentía francamente bien, aparte de muy hambriento.

mientras que pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo en el momento en quy también el despertador daba las siety también menos cuarto, llamaron a la puerta que estaba al lado de la cabecera de la cama.

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—Gregorio —dijo la voz de su madre—, son las siete menos cuarto. ¿No tenías quy también ir de viaje?

¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, mas mezclada con un penoso y estridente silbido, en el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no estaba seguro dy también haberlas oído. Gregorio hubiera querorate dar una explicación detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a decir:

—Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

a través de la puerta de madera, la transcapacitación de la voz dy también Gregorio no debió dy también notarse, pues la madry también sy también tranquilizó con esta contestación y sy también retiró. Pero este brevy también diálogotipo descubrió que Gregorio, contrariapsique a lo que se creía, estaba todavía en casa. Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó:

—¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?

Esperó un instante y volvió a insistir, alzando la voz:

—¡Gregorio!

mientras tanto, detrás dy también la otra puerta, la hermana le preguntaba suavemente:

—Gregorio, ¿no estás bien? ¿precisas algo?

—Ya estoy bien —respondió Gregorio a los dos a un tiempo, esforzándose por pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud, para disimular el insólito sondesquiciado dy también su voz. El padry también reanudó su desayuno, pero la hermana siguió susurrando: